UN DIOS QUE NO OLVIDA

madre e hija“Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos”. Mateo 10:30,31.

En marzo de 2004, los periódicos del mundo lanzaron una historia increíble, de esas que parecen tomadas de libros de cuentos, pero que son reales. Una mujer fue acompañando a uno de sus hijos a una fiesta de cumpleaños. Cuando estaba allí, de pronto vio a una pequeña de 6 años, y su corazón se aceleró. Atrajo a la niña y, fingiendo que esta tenía un chicle en el pelo, le extrajo algunos cabellos. Al otro día llevó esos cabellos a una clínica y pidió que se le hiciera un análisis de ADN, comparándolo con ella. El resultado: aquella niña era su hija.

Lo sorprendente del caso es que, seis años antes, su casa sufrió un incendio. Cuando las llamas estaban quemando su casa, ella corrió a sacar a sus dos hijos fuera del lugar. Luego, regresó por su bebé, que tenía solo 10 días de vida, y no la encontró en su cuna. La obligaron a salir de la vivienda en llamas. La policía y los bomberos dictaminaron que la niña recién nacida había muerto en el incendio. Supusieron que la razón por la que no quedaron restos fue porque la niña era demasiado pequeña.

Sin embargo, lo real era que una conocida provocó a propósito el incendio y, en medio de la confusión, secuestró a la niña y la crió como si fuera hija suya.

¿Cómo pudo saber esta mujer que esa niña era hija suya, si la había visto tan solo diez días y siendo un bebé? Al comparar las fotografías de la niña de 6 años con una fotografía de la pequeña a pocos días de nacer, es casi imposible detectar que son la misma persona.

¿Intuición? ¿Sexto sentido? No sé; lo único de lo que estoy seguro es que si un ser humano puede reconocer a un hijo aun cuando hayan pasado años, y el hijo haya cambiado tanto que es casi irreconocible, Dios tiene una capacidad infinitamente superior de reconocer a sus hijos. No importa cuán deteriorados, cambiados y transformados estén, Dios tiene la capacidad de reconocernos. Ese es el mensaje más hermoso de la Biblia.

A veces blasfemamos al suponer que Dios nos olvida. El nunca, nunca lo hace; al contrario, siempre estamos presentes en su mente. Dios nos conoce hasta en los más mínimos detalles. Somos los seres más importantes para él; el sacrificio de Cristo es la mejor demostración.

¿Entiendes lo importante que eres para Dios? ¿Sabes lo valioso que eres a la vista de Dios, que es capaz de reconocerte aun cuando tú mismo no te reconozcas?

Diseñados para amar, Miguel Ángel Núñez

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