SIEMPRE A TU LADO

devocionalAquella noche, Abril no durmió bien: fue atormentada por pesadillas y, finalmente, el ruido del trueno la despertó. Miró el reloj: ya era hora de levantarse; tenía un día sobrecargado por delante. Sin embargo, notó que estaba bañada en sudor frío. Se tocó la frente, y percibió que arda en fiebre.

Afuera, se había desatado una tormenta torrencial, y por la radio se recomendaba no tomar las carreteras vecinales. El viento y la lluvia golpeaban la ventana escandalosamente. Abril dudó en salir: ¿no sería arriesgado viajar en ese estado de salud y con ese clima? Lo sería, tal vez; pero hay ocasiones en que el deber llama y hay que obedecerlo.

La joven ejecutiva abrió su Biblia, meditó en un pasaje inspirador, conversó con Dios y, después de tomar un vaso de leche caliente y una aspirina, salió para la lucha del día encomendando su vida a Dios. Todo iba bien al principio, pero la tormenta no disminuía y la carretera se hacía cada vez más peligrosa. En la radio, anunciaban que había trechos en que las aguas venidas de las montañas habían abierto zanjas, y la carretera estaba interrumpida. Abril condujo el auto hacia un lado de la carretera, y volvió a orar. Sudaba. La fiebre aumentaba: empezó a temblar y a sentir escalofríos.

Se acurrucó, envuelta en la casaca de cuero, y empezó a notar que se desvanecía. Al mismo tiempo, sintió una voz, en el corazón, que la guiaba: “Lleva el automóvil un poco más adelante”. Ella no tenía ya más fuerzas pero, ante la insistencia de la voz interior, avanzó unos metros y se desplomó sobre el volante.

Al despertar, percibió que los bomberos la colocaban en una camilla. Temblaba. Uno de los bomberos le dijo: “Dos metros más, y usted estaría aplastada por el árbol, que cayó”. Dios no le había hecho aparecer una antorcha de fuego ni una nube protectora pero, en medio del peligro, la voz de Dios le dijo: “Hija, lleva el automóvil más allá, antes de que te desmayes”.

¡Cosas de Dios! Experiencias de fe. Gente que aprende a depender de Dios todos los días; personas que, antes de salir corriendo hacia la lucha de la vida, separan tiempo para decir a Dios: “En tus manos encomiendo mis caminos”.

Haz de este un día de compañerismo con Jesús. Atrévete a vivir la dimensión de la fe. Si vas con él, sucederá contigo lo que sucedió con el pueblo de Israel: “Jehová iba delante de ellos de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarles [...]”

Plenitud en Cristo, Alejandro Bullón

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