SE ESCONDIERON

huirMartín era otra persona. El hombre que salía todos los días, por la mañana, a correr oyendo música; el vecino educado, que saludaba a todos; el jefe atento, que siempre tenía una palabra de ánimo para sus empleados; el padre afectuoso; el marido cariñoso, ya no existía más. En su lugar, apareció un hombre solitario, cerrado, triste… Nadie entendía lo que pasaba, ningún miembro de la familia, ningún empleado en el trabajo, ningún vecino; nadie. Solo él.

La noticia explotaría en cualquier momento; era solo cuestión de días: ella había jurado hacer un escándalo frente a la casa de su familia, si él no reconocía al hijo que tuvo con ella. Si las amenazas se hicieran realidad, todos sabrían la verdad. La ansiedad lo carcomía por dentro, como un violento cáncer. Su mente pasaba todo el día pensando en una solución, una salida, pero no la encontraba: sería demasiada la vergüenza. ¿Qué hacer?

Pensó en huir; pidió ser transferido en el trabajo; pensó en quitarse la vida. Llegó, incluso, a considerar cometer un asesinato. Y, en esa búsqueda insana de una solución humana, dejó de vivir, sin nunca haber muerto.

Eso es lo que hace el pecado: te quita la vida sin matarte. El sentimiento de culpa es una de las más poderosas fuerzas de la mente humana: hiere, paraliza, destruye. En el caso de Martín, lo llevó a la desesperación. En el caso de Adán y de Eva, los llevó a esconderse de la presencia de Dios.

El sentimiento de culpa, que te lleva lejos de Dios, es la peor consecuencia del pecado. Y el enemigo aprovecha para susurrarte al oído: ¡Huye, huye mientras estás a tiempo; porque lo que tú hiciste no tiene perdón! ¡Mira lo que hiciste!

El texto de hoy muestra dos verdades: la primera es que el sentimiento de culpa lleva al ser humano lejos de Dios. La otra verdad es que, por más que el ser humano huya, ¡Dios va detrás de él! Y no existe lugar, en este universo, a donde puedas esconderte de tu Padre, que llega a ti diciendo: “Hijo, ¿dónde estás? Vuelve a mí, porque yo te amo. Soy tu padre; te doy mi perdón cuantas veces lo necesites”.

Hoy, al comenzar un nuevo día, procura oír la voz de Dios, y aprende la lección de lo que les sucedió a Adán y Eva, quienes “oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto”.

Plenitud en Cristo, Alejandro Bullón

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