MUTUA SUMISIÓN EN LA PAREJA

IGUALES“La mujer ya no tiene derecho sobre su propio cuerpo, sino su esposo. Tampoco el hombre tiene derecho sobre su propio cuerpo, sino su esposa”. 1 Corintios 7:4, DHH.

El apóstol Pablo es admirable. No solo es el teólogo más importan­te de todo el cristianismo, sino también tiene un sentido común y una inteligencia práctica que lo hacen ser uno de los autores más admirados de todos los tiempos.

En este versículo, rompe con los cánones sociales de su época. En un momento histórico en el que la mujer no tenía ningún valor como persona, y era considerada simplemente como una proveedora de hijos y una administradora limitada de bienes hogareños, Pablo la trata con una dignidad que lo califica como un buen defensor de la mujer. Simplemente, pone al varón y a la mujer en un plano total de igualdad.

Lo extraordinario es que le escribe a la gente de Corinto; un puerto griego caracterizado por su vida disipada y por su promiscuidad sexual; un pueblo que consideraba a la mujer con un valor infrahumano. En algunos casos, se consideraba que la mujer valía menos que un animal. A esas personas, totalmente impregnadas de prejuicios misóginos, Pablo les dice: Las mujeres tienen los mismos derechos sobre sus esposos que estos sobre ellas.

Hoy en día es relativamente fácil, en la mayoría de los países, defender este concepto. Sin embargo, cuando el apóstol pronunció estas palabras, seguramente debió haber provocado una revolución conceptual que pudo haber significado más de una oposición entre el público que leyó dichas palabras. Los preconceptos y las tradiciones culturales son lo más difícil de erradicar de la mente de una persona. Sin embargo, Pablo -que no era amigo de protocolos ni de atavismos culturales- enfrenta el asunto y, en pocas palabras, les dice: Son cristianos; estas son las reglas del juego ahora.

Un varón casado no es dueño de sí mismo. Ni siquiera tiene autoridad sobre su cuerpo. El asunto va más allá de la sexualidad. Tiene que ver con el entender que ahora se debe a otra persona, que cada hábito o despreocupación que tenga hacia sí mismo va a afectar finalmente a su esposa. La esposa tiene derecho a reclamar preocupación de su esposo sobre su cuerpo. Finalmente, también es de ella. Él es la prolongación de ella, y viceversa. Este es un concepto revolucionario, aún hoy. Hace que el matrimonio se convierta en algo mucho más que convivencia corporal. Es, a la postre, un acto de renuncia a sí mismo y sumisión a otro. Una sumisión mutua, pero sumisión al fin y al cabo.

¿Tratas a tu esposa como a una igual o como alguien inferior? ¿Qué sientes respecto de la forma en que tu esposo te trata?

 Diseñados para amar, Miguel Ángel Núñez

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