MALDITOS ESTEREOTIPOS

ama de casa“La mujer virtuosa es corona de su marido”. Proverbios 12:4.

Hay metáforas que, de tanto repetirlas, no nos dejan pensar en el sentido que tienen y en el perjuicio que producen a la relación de la pareja. Algunas de ellas son mencionadas con tanta inocencia que no se perciben los preconceptos sexistas, discriminadores o distorsionadores de la relación de pareja que hay detrás de ellos. Una de esas ideas es repetir que la mujer es el “ama de casa”. En otras palabras, la dueña y señora de su hogar, y que ella es la que tiene la última palabra en todo lo que se refiere al hogar.

Nuestra sociedad espera que así sea. Los comerciales que hablan del hogar apelan a las esposas, no a los esposos. Se educa para ese modelo. Las mujeres viven el estereotipo al grado de que muchas suponen que aquello es natural.

Permítanme decirles que por mucho que una idea sea repetida de boca en boca, y de generación en generación, si es falsa, la repetición no la hace más verdadera. La verdad no es un asunto de democra­cias, consensos ni mayorías.

Sostener el argumento de que la mujer, dentro del hogar, “es el ama de casa” es desvirtuar lo que significa un matrimonio, y no en­tender lo que es un hogar y una relación de pareja. Antes de que se asusten y cierren el libro, permítanme explicarles.

Un hogar tiene que ser un lugar en el que todos se sientan a gusto y cada uno ocupe un espacio personal único e individual. Para que eso se produzca, todos los miembros de un hogar han de sentir que algún pedazo de ese hogar es de ellos. Muchas amas de casa actúan como si ellas fueran las únicas capaces de tener buen gusto o como si vivieran solas. No es un espacio para ellas solas, sino para una pareja o una familia.

Mery y yo hemos aprendido a dejar espacios personales, en los que nadie opina o se mete. Son nuestros espacios personales.

Creo que sostener que la mujer es el “ama de casa” y creer que nadie debe meterse en la cocina, o en el orden de la casa, o en las compras u otras cosas por el estilo hace que se pierda el sentido de pareja; a menos, claro, que se haya llegado a un consenso; a un mu­tuo acuerdo.

Por esa razón, cuando pasa la ilusión, y se entiende la carga sexis­ta y discriminadora que hay detrás de esta expresión, muchas mujeres se preguntan: “Y, al fin y al cabo, ¿qué he ganado casándome? Terminan siendo sirvientes de varones que no colaboran (en parte, porque ellas no les han permitido); esclavas de hijos que las ven solo como administradoras de una casa (en parte, porque ellas no los han formado para colaborar), etc. Eso no es justo ni es sabio.

¿Cómo tratas a tu esposa? ¿Cómo entiendes tu rol dentro de la casa, como mujer?

Diseñados para amar, Miguel Ángel Núñez

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