LA MUJER Y LOS HIJOS

padres“Él hace habitar en familia a la estéril, que se goza en ser madre de hijos. Aleluya”. Salmo 113:9.

Cuando nacen los hijos -paradójicamente- se producen muchas rupturas matrimoniales o se inician procesos que culminan en desastres conyugales. Nuestra sociedad occidental ha hecho tanto énfasis en el llama­do “instinto maternal” o en “el ideal de madre”, que se ha olvidado -lamentablemente- de que los hijos no necesitan solo a una madre, sino también a un padre. Se ha enfatizado tanto el rol de la mujer en la crianza de los hijos, que muchos varones han aprendido, desde que son niños, que ellos simplemente son el agregado de piedra a la fiesta.

En este tema, muchas mujeres tratan a sus esposos como ignorantes, ajenos al proceso de interacción con los hijos; y, lo más grave, convierten a sus hijos en el centro de sus vidas y terminan desplazando a sus esposos. En forma paradójica, son esas mismas mujeres las que más tarde reclaman la poca cercanía que sus esposos tienen con sus hijos. No se dan cuenta de que, sencillamente, ellas los han dejado a un lado del desarrollo infantil, no permitiéndoles participar de él.

Algo tan natural como son los hijos puede hacer que una mujer se vuelque hacia ellos de tal modo que descuide la atención de su marido. Con el correr del tiempo, estará descuidando detalles fundamentales para alimentar el amor entre los dos.

Una pareja sana tiene que entender que los hijos deben ser lo más importante para los dos, el marido y la esposa, sin descuidar su propia relación de pareja. Cuando se produce un desequilibrio en la crianza de los hijos, desplazando la relación de la pareja, tarde o temprano, los hijos terminan siendo afectados con algo que no se previó antes.

Las parejas necesitan estar tiempo juntos a solas, sin hijos. Para eso, tienen que hacer arreglos para que alguien los cuide en los momentos en que estarán solos. Incluso, desde muy pequeños, ellos han de saber que sus padres necesitan tiempo para ellos.

Muchas mujeres se convierten en esclavas de sus hijos, al grado de que pierden identidad, se apartan de sus esposos, se aíslan de sus amistades, y dejan de participar en actividades recreativas y culturales, simplemente, porque se supone que eso se espera de ellas. Sin embargo, por muy loable que parezca, eso es un desequilibrio que, tarde o temprano, trae consecuencias nefastas para la vida matrimonial.

Los hijos son un don inapreciable. Vienen a la vida de la pareja para ser ayudados en su crecimiento; para amarlos y guiarlos de tal modo que siempre recuerden con sentimientos de cariño el hogar en el que nacieron. Para que eso se produzca, los padres han de cultivar su propia relación, que es lo que garantizará que el proceso sea sano.

¿Estás privilegiando tu relación con tus hijos antes que con tu esposo?

Diseñados para amar, Miguel Ángel Núñez

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