Injusticia derivada del pecado

golpeador“Se enseñoreará de ti”, Génesis 3:16.

Camino por una calle de Cochabamba, en la República de Bolivia. Estoy de turismo. De pronto, me llama la atención un hombre que camina por la vereda de enfrente, en dirección contraria hacia donde voy. Detrás de él, a dos o tres pasos, lo sigue su esposa. No caminan juntos, uno al lado del otro. Ella -como corresponde a su cultura- camina detrás. Amarrado a la espalda lleva un pequeño y, colgando de ambos brazos, carga dos grandes bultos. El varón camina plácidamente adelante, y… no lleva nada más que su arrogancia.

Es un mercado de esos que funcionan en la calle, en la ciudad de Machala, en la República del Ecuador. De pronto, siento unos gritos que provienen de unos puestos cercanos a donde estoy. Un hombre de baja estatura y fornido golpea en pleno rostro a quien parece ser su mujer. Estoy a unos diez pasos. Quiero intervenir, y alguien me ataja y me dice:

-No se meta. Él es el marido.

Todo ocurre en unos pocos minutos. Hay cientos de personas contemplando. Nadie dice nada, ni siquiera las mujeres, que miran en silencio.

Estoy en el Aeropuerto Internacional de Oakland, Nueva Zelandia. El avión ha hecho una escala de un par de horas. Me resigno a esperar. De pronto, observo a un hombre elegantemente vestido que le habla fuertemente a una hermosa mujer, que parece modelo de revista. Estoy a tres pasos de ellos. Escucho que él le dice a ella, en inglés:

 -Me vas a obedecer, te guste o no. Yo pago, yo mando.

Ella asiente en silencio con los ojos llorosos, mientras mira hacia el horizonte resignada.

Veo con horror un video de Afganistán. Un hombre, con una vara, está golpeando salvajemente a un grupo de mujeres que, infructuosamente, intentan esquivar los golpes. La falta que han cometido es que el gurka* de una de ellas se ha corrido, dejando al descubierto parte de la pierna.

Varían los escenarios, pero las situaciones son las mismas. Varones que abusan de mujeres. Muchos creen que eso es natural; sin embargo, lo real es que aquello es, simplemente, consecuencia de algo que Dios nunca deseó. Nunca fue esa su voluntad. Quien acepta a Cristo está llamado a salir del pecado y sus consecuencias. Tolerar esto y aun participar es no vivir la conversión de manera real.

¿Tratas a tu esposa como una igual ante Dios? ¿Entiendes que tu función es ser compañero y no gobernante en su vida?

* El vestido inventado por los talibanes, que cubre completamente a las mujeres.

Diseñados para amar, Miguel Ángel Núñez

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