INCAPAZ DE AMAR

no amorAntes, hablamos sobre el fundamento del amor: la voluntad. Hoy vamos a agregar otro elemento para completar el cuadro. Si el amor no se basa en el sentimiento ni en la emoción, tiene que sustentarse en algo menos precario, y eso es la capacidad de decidir. Sin embargo, allí nos encontramos con un problema. Vivimos un momento de la historia que, en el mundo cristiano, llamamos “después del pecado”, con la comprensión de que no estamos viviendo el ideal que Dios deseó y planificó para sus hijos en el origen.

Un principio básico, para el cristianismo, es que el ser humano hereda no solo características físicas determinadas sino también recibe una herencia de contaminación pecaminosa. Nacemos “pecadores” aun cuando no hayamos “pecado”. En otras palabras, al momento nacer traemos la semilla del mal en nosotros, que de un modo u otro se va a desarrollar en nuestra vida.

El planteo de Pablo, en el sentido de que “no hay justo, ni aun uno” (Rom. 3:10), simplemente ratifica lo que todos los seres humanos conocen por experiencia: todas las personas, independientemente de raza, cultura o sexo, desarrollan el pecado.

Reconozco que esta visión del ser humano es más bien pesimista. A diferencia de la filosofía de Rousseau que sostenía que los seres humanos nacen como “tabla rasa”, es decir, buenos por naturaleza y que la sociedad es la que finalmente los contamina, los cristianos creemos al revés. El ser humano, con tendencia hacia el mal, termina por contaminar su entorno.

En este contexto, también la voluntad humana está contaminada por el pecado. Eso implicará que el ser humano optará con egoísmo. Elegirá por motivos distintos de los correctos. Visto así, y entendiendo que el amor se define por dar y no recibir, el ser humano será incapaz de amar de manera natural.

Allí entra a tallar un elemento milagroso. El hombre no puede amar a menos que un poder superior a él lo capacite para hacerlo. “Dios es amor” (1 Juan 4:8), y solo él es capaz de otorgar la capacidad. El ser humano, naturalmente, puede sentir, emocionarse y vivir el paroxismo de la pasión: sin embargo, de manera natural no podrá amar a menos que Dios le dé esa capacidad. Es lo que expresa Pablo cuando dice que “el fruto del Espíritu es amor” (Gal. 5:22). En síntesis, el amor se reduce a un asunto espiritual de conexión con Dios.

¿Entiendes que el amor nace en Dios y que a menos que te relaciones con él no podrás amar de manera plena?

 Diseñados para amar, Miguel Ángel Núñez

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