EL ORIGEN DEL VELO DE LA NOVIA

VELO“El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende. Salmo 34:7.

Todavía, en muchos lugares, las mujeres pasan al altar en la iglesia cubiertas con un velo. Muy pocos saben de dónde surgió esta costumbre unilateral, solo en relación con las mujeres. La verdad es que el velo de la novia se impuso para “ocultar” a la novia de los malos espíritus que quisieran ocasionarle daño a ella y a la pareja.

Posteriormente, se le dio el significado de sumisión de la novia al esposo; por esa razón, es el novio el único que puede levantar el velo.

En la actualidad, no es más que una moda impuesta por la princesa Eugenia en su boda con Napoleón, pues su tocado llevaba una tiara de brillantes. Le copió la idea la princesa Augusta de Gran Bretaña, y la moda se popularizó hasta nuestros días. Antes de que impusieran estas modas de origen supersticioso y machista, las novias acostumbraban llevar su pelo largo y suelto, en señal de juventud e inocencia. El hecho de esconder a la novia con un velo para “supuestamente” protegerla de malos espíritus no es más que un resabio de ideas que no tienen fundamento bíblico ni lógico. La verdad es que Dios nunca ha prometido que no nos sucederán situaciones difíciles. El mensaje bíblico “no es que nunca nos sucederán cosas malas, sino que no tendremos que enfrentar esas cosas solos”.

La sumisión de la mujer al varón tampoco está basada en una correcta lectura de la Biblia, que dice tajantemente: “Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Ef. 5:21). Al contrario, cuando existe sometimiento unilateral se altera el equilibrio que Dios planeó en el origen y que recuperó en Cristo (Gál. 3:28).

Finalmente, dejarse llevar por modas que imponen personas más interesadas en el lujo, el qué dirán y la falsa modestia, por muy princesas que sean, no solo no es sabio sino también supone una actitud infantil de actuación. Dios espera que tanto la mujer como el varón se traten mutuamente con respeto, dignidad, y cariño. No hay lugar para las supersticiones, prejuicios ni modas. Lo único lícito es que ambos aprendan a tratarse como si fueran un regalo de Dios, entendiendo que el cónyuge puede convertirse en una bendición plena para la pareja cuando se hacen las cosas como Dios espera. Nada de velos míticos; vale más un rostro a cara descubierta, que le dice plenamente al otro: “Aquí estoy, para amarte, entendiendo que tú harás lo mismo. Entre nosotros habrá respeto y dignidad, nada menos de lo que Dios espera”.

¿Estás dejando que tu vida sea dominada por supersticiones y modas? ¿Tratas a tu cónyuge con la dignidad y el respeto que Dios quiere?

Diseñados para amar, Miguel Ángel Núñez

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