COLABORACIÓN, NO SUBORDINACIÓN

pareja diosEn el modelo machista se propugna, entre otras cosas, modelos estáticos: las mujeres y los varones ocupando roles inamovibles y con una supuesta base biológica absoluta. Se supone que las mujeres nacieron aptas para realizar determinadas tareas y los varones otras. Esto es cierto en algún sentido. Los varones no estamos diseñados para gestar hijos ni para amantarlos.

Muchos han querido ver en esto una situación de disparidad que haría que varones y mujeres no pudiesen compartir roles entre ellos.

Es verdad que la mujer, físicamente, está capacitada para determinadas funciones que el varón no, pero esto no significa automáticamente una diferenciación de roles estáticos y que se relacionen fundamentalmente con jerarquía y subordinación. Porque, esa es la consecuencia más inmediata de la postura machista: supuestamente, varones y mujeres tienen roles inamovibles; pero, en dicho modelo, el varón siempre termina siendo el jefe y la mujer la subordinada.

En realidad, en el diseño divino, las diferencias físicas entre los sexos fueron hechas para la colaboración, el complemento y la ayuda mutua; en ningún caso para la competencia, la anulación del otro y la unilateralidad de la cooperación.

Dios diseñó a una pareja que participaran juntos en el proceso de engendrar un hijo, pero también en el desarrollo de ese ser humano. La idea divina era la colaboración mutua, no roles estáticos. Del mismo modo, cuando Dios nombra administrador de la creación al ser humano, no lo hace diciendo que es labor del varón sino de la pareja humana.

No hay ningún indicio bíblico que haga suponer que, en el diseño original, Dios pretendía la subordinación de la mujer de manera arbitraria y como parte de un plan inteligentemente pensado.

El varón y la mujer deben aportar, a la relación de pareja, lo mejor de sí mismos cada uno, haciendo lo que es mejor de acuerdo con las características naturales de cada uno. Dios pretendió que se ayudaran mutuamente, en un clima de igualdad, respeto y dignidad.

Cuando se defienden los roles inamovibles, en realidad se está apoyando un modelo que no dignifica a la mujer y, a la postre, destruye el equilibrio original de lo que Dios planeó. La respuesta que suelen plantearme es que después del pecado las reglas cambiaron. Sin embargo, aunque hubo cambio, fue en el contexto de algo que no fue la voluntad divina. Cuando aceptamos a Cristo, debemos regresar al Edén y plantearnos qué quiso Dios en su origen. Vivir de otra forma es un autoengaño y una negación de la idea original de Dios.

¿Estás entendiendo la dignidad de ser mujer? ¿Respetas plenamente a tu esposa sin exigirle subordinación arbitraria a ti?

Diseñados para amar, Miguel Ángel Núñez

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