Ahora estamos en paz con Dios

 

 reconciliados  En otro tiempo. Allá, en los rincones más apartados de la ignorancia espiritual; en las sombras del alejamiento de Dios; en los páramos de la desesperación. Cuando no conocíamos a Cristo; cuando, intentando ser felices a nuestro modo, peregrinábamos por caminos tormentosos que nos conducían a la muerte.

En otro tiempo. Cuando llegaba la noche y no podíamos dormir, porque la culpa generaba un miedo espantoso de la soledad; cuando sentíamos un dolor extraño dentro del pecho, y no sabíamos definirlo. A nosotros, que éramos extraños, porque nadie podía entender las incoherencias de nuestras acciones: si, a nosotros, que éramos controlados por la mente enemiga; a nosotros, Dios nos buscó y nos encontró, y nos reconcilió por la sangre de su Hijo.

El versículo de hoy nos muestra que la raíz del sufrimiento es la mente enemiga: solo una mente enemiga puede maltratar a la naturaleza de la forma que lo hace; solo una mente enemiga puede acabar con la fuente de los recursos naturales, llevado por la voracidad de la ganancia. ¿Cómo explicar, si no existiese la mente enemiga, que un adulto abuse de un niño? ¿Cómo entender la autodestrucción de un joven, dominado por las drogas? ¿Cómo justificar la agresión de un hombre a la mujer que prometió amar hasta la muerte?

En vano intenta la psicología humana explicar los meandros intrincados del comportamiento humano; en vano, trata la sociedad de reeducar a un delincuente: solo Dios tiene la solución para el problema del pecado, porque solo él puede transformar la mente enemiga.

El instrumento para hacerlo se llama reconciliación. En la persona de Jesús, somos traídos de vuelta a los brazos del Padre. Y ese día, la alocada carrera del ser humano llega a su fin. Ese día, no necesitas probar a nadie que eres lo que eres; ese día, simplemente te encuentras a ti mismo.

Por eso, hoy, sal de tu casa recordando la declaración de Pablo a los colosenses: “Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado”.

Plenitud en Cristo de Alejandro Bullón

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